jueves, 12 de febrero de 2009

Aclaraciones para el posible lector.

Querido lector:
Debo aclararte que nuestro amigo Roberto es muy de veredas, descampaos, "parkines" y romerías (por lo de ir a ver a la Virgen a su santuario).
Ahora..eso de que "no le costó mucho" que el mancebo le siguiera.....¡¡¡¡habría que ver al otro cómo era!!!!.

También debo aclararte que cuando leas a Franso tengas a tu lado una libreta (da igual si es de rayas, dos rayas o en blanco) y vayas apuntando lo que dice y te hagas un esquema (llamado ahora "mapa conceptual") porque yo aún no se si tengo la polla bonita, fea, buena, mala....Tengo que releer el texto y empezar a enlazar conceptos. Polla tengo...que ya es algo.

Bueno, voy a cenar y luego o mañana aborde un tema trascendental de nuestra vida gay en Murcia: el Temperatura.

Un abrazo, Héctor.

Sobre pollas

El otro día en el gimnasio coincidí con un tío en las duchas al que ya había visto varias veces por la sala entrenando. He de decir que no me hizo ninguna ilusión encontrármelo allí porque no me pone nada; la verdad es que es bastante feo. No obstante, no desaproveché la ocasión y, como siempre hago cuando me ducho y tengo compañeros, le miré la polla. La tenía feísima.

Eso vino a confirmar una teoría que hace ya algún tiempo estaba gestando mi cabeza. Si un tío es guapo y tiene buen cuerpo, tendrá una polla bonita. Si, en cambio, es feo y tiene mal cuerpo, tendrá posiblemente, -en este caso hay más excepciones-, una polla fea. ¡Ojo! Hablo de pollas bonitas y pollas feas, no de buenas pollas, una buena polla es una cosa bien distinta, porque se puede tener una polla bonita, pero no buena polla, o tener una polla fea y ser ésta una buena polla. Tener una polla bonita o fea sería, pues, independiente de tener buena polla.

Otro indicio, que comparto con mi querido amigo Roberto, para detectar pollas bonitas, es el culo. Si un tío tiene buen culo, tendrá una polla bonita; y si no tiene culo o es feo, lo de si la polla es bonita o fea, será una sorpresa, es decir, como lo del melón, que hasta que no lo abres no sabes cómo va a estar. ¡Atentos! Que lo de tener un buen culo no implica tampoco el tener una buena polla, estoy hablando de que sea bonita o fea.

Con todo, a mí lo que realmente me va es encontrarme con una buena polla, si es bonita, pues es un aliciente, y si es fea, pues también tiene su morbo.

Franso.

La estrella fugaz

Querido Héctor, el Omnipudiente. Disfruta con estas palabras construidas expresamente para deleite de tus oídos. Y no seas impaciente, pues mi intención era crear una sólida base de gran profundidad para que de ella pudieran emerger todo tipo de historias, desde las más íntimas, hasta las más sórdidas y frívolas.

Deambulaba yo bajo el sol de junio por los montes; tan propicios para los encuentros fortuitos. Y, qué casualidad, encontré a un joven y apuesto mancebo caminando por las veredas (áridas, crujientes y secas) de nuestra querida sierra. Quería el destino que yo anduviera sediento de cariño... bueno, siempre estoy sediento de cariño, omitamos este dato. El destino quiso ofrecerme un joven y cálido ejemplar masculino con mirada tímida y cuerpo dispuesto. No hizo mucha falta esforzarme para que me siguiera hasta unas rocas que parecían colocadas estratégicamente para ofrecer un escenario idílico y romántico. Al fondo se extendía el horizonte, con todos sus elementos clásicos; la montañita, los campos en cuadrícula, las casitas con chimenea, el sol que comenzaba a descender lentamente, unas cuantas nubes perdidas, vamos... lo de siempre. El cielo, cómo no, azul intenso. Y allí, los dos nos presentamos y charlamos durante largo rato. Todo iba bien, chico guapo, buen cuerpo, con conversación. Quise sacar los anillos, ofrecérselos y jurarnos amor eterno, mientras el sol doraba las cuatro nubes que quedaban en el decorado. Y ambos alzamos la vista para disfrutar de la escena. Allí, sobre el azul cada vez más oscuro, vimos una estela de humo que un avión acababa de dejar. El chico me miró, sonrió y me dijo:
- ¡Mira! La estela de una estrella fugaz.
Yo miré la estela, las cuatro nubes, la montañita, las casas con chimenea, el sol directamente, para ver si me quedaba ciego, y tener una excusa para salir corriendo. Una estrella fugaz... ¡a las siete de la tarde!
Me levanté, intenté sonreír (creo que puse cara de tonto) y le dije:
- Sí, ha sido bonito. Es la primera vez que veo una estrella fugaz patrocinada por Iberia.
Y esa misma tarde creé una lista de los personajes extraños (por no llamarlos de otra manera) que pasaban por mi vida. Por aquel entonces no imaginé cuantas páginas iba a necesitar para ponerlos a todos.

Roberto

Llamamiento

Hago un llamamiento desde aquí a mis queridos amigos para que nos dejemos de tanta profundidad y empecemos a contar historias más divertidas, que con tanta cultura no nos va a leer ni Dios. He dicho.
Que franso empiece a contar sus episodios sexuales, ya!!!!
Y Roberto las mil y una historias con mil y un locos que le ocurren cada día.

Un abrazo. Héctor

El Uno y el Otro

El Uno miraba a los ojos del Otro. Su mirada penetraba hasta lo más profundo de sus entrañas y hurgaba en sus entresijos. El Uno tocaba con la punta de sus dedos los dedos del Otro, apenas un roce, apenas una conexión magnética, que volvía a separarse cuando el calor de sus dedos quemaba. Se acercaba más, un poco más, siempre despacio, para no parecer ansioso, y allí, con sus rostros casi fundidos en uno solo, soñaba con las delicias de un futuro inmediato. El Uno sentía la frialdad del tacto, de la piel del Otro, pero buscaba el calor que siempre acompañaba a su mirada. Si el Uno reía, reía el Otro; si lloraba, una mueca de dolor mostraba el Otro; si deseaba, acercaban sus deseos. Si pedía un poco más, encontraba la respuesta reclamada. El Uno le hablaba al oído y el Otro ofrecía sus labios, dulces e inquietos; y permanecía así hasta que callaba. Las caricias se volvían etéreas de sutileza, ardientes de impaciencia, ciegas de fragilidad. Los besos empañaban los recuerdos y ofrecían excusas para seguir besando. El Uno besaba, el Otro se dejaba besar. 
El Uno y el Otro fueron alejándose, desdibujando sus contornos hasta fundirlos con la oscuridad de su cuarto. El Uno, triste y cansado de aquel juego destructivo, aceptó su soledad, se miró por última vez en aquel espejo y lo rompió en mil pedazos.

Roberto

Episodios juveniles

Aquella mañana ya indicaba que el día iba a ser caluroso. Como se había acordado la noche anterior, el grupo se reunió a las nueve en punto en la entrada principal del recinto. Javier ni siquiera se imaginaba el regalo que la jornada le iba a ofrecer. Una vez abrieron las puertas, el grupo de amigos comenzó a avanzar por las calles del recinto sin haber elaborado un plan de visitas y paradas. Javier seguía al grupo dejándose llevar por la iniciativa de los demás.

La mañana avanzaba cola tras cola y visita tras visita, y el calor se acentuaba cada vez que se salía de un pabellón. Serían alrededor de la once y media, cuando Nacho propuso hacer una parada para tomar algo y recuperar fuerzas. Todos estuvieron de acuerdo y se dispusieron a buscar un chiringuito donde refrescarse y tomar algo antes de continuar la visita. Cuando el grupo se encaminaba hacia el bar, Alberto se detuvo ante el expositor de un taller de artesanía y Javier se quedó con él. Estuvieron alrededor de cinco minutos observando y admirando la pericia con la que aquel maestro alfarero moldeaba con sus manos el barro. A Javier le fascinaba ver cómo con un pequeño movimiento de las manos, el barro parecía cobrar vida y poco a poco se iba transformando en un estilizado jarrón.

Cuando Alberto y Javier llegaron al bar donde pensaban reunirse con el resto del grupo, comprobaron que no estaban allí. Decidieron entonces buscar algún otro bar por los alrededores para ver si los encontraban. Tras veinte minutos de búsqueda no consiguieron reunirse con ellos, así que optaron por reanudar la visita solos. Pero antes de proseguir, se sentaron en la terraza de un chiringuito y se tomaron un refresco y unas tostadas. Durante este descanso, se dedicaron a intercambiar impresiones sobre los pabellones que habían visitado hasta el momento. Alberto no indicaba ninguna muestra de molestia por el hecho de haberse separado del grupo, pero más bien, al contrario, le dijo a Javier que prefería pasar la jornada con él. Aunque Javier sabía que Alberto no era gay y no tenía opción alguna, tenía claro que iba a disfrutar de su compañía, pues le atraía desde hacía algún tiempo y se sentía muy a gusto con él.

Prosiguieron la visita. Conforme avanzaba la jornada, el recinto estaba más concurrido y las colas para acceder a los pabellones eran más largas, aunque eso a Javier ya le traía sin cuidado. Lo importante para él era que estaba pasando el día con el chico que desde hacía tiempo le gustaba, por lo que los pabellones pasaban a un segundo plano. Pabellón tras pabellón iba transcurriendo el día. Javier estaba disfrutando cada minuto de la compañía de Alberto y tan sólo le preocupaba que a la vuelta de una esquina se tropezaran con el resto del grupo. Pero eso no pasó. Hora tras hora, la complicidad y camaradería entre ambos se iba afianzando. Hubo momentos en los que a pesar de no haber contacto físico, el entendimiento y acercamiento entre ambos era tal que Javier estaba obteniendo de Alberto todo aquello que quería para sí en ese momento, llegando a sentirse plenamente satisfecho.

El tiempo transcurrió casi sin que se dieran cuenta. De repente, informaron por la megafonía de que el recinto iba a cerrar sus puertas. Javier sabía que ese anuncio por los altavoces, le estaba indicando que esa jornada tan especial para él estaba llegando a su fin. Se encaminaron ambos hacia la salida donde cogieron un taxi que los llevara al hotel. Durante el trayecto, Alberto le dijo a Javier que había pasado un día muy a gusto junto a él. Javier le respondió que él también había disfrutado mucho de su compañía y que se alegraba de haberse separado del grupo. En cambio no tuvo el valor suficiente para expresarle sus verdaderos sentimientos. Llegaron al hotel y tras darse una ducha, bajaron al comedor donde se reunieron con los demás para cenar. Os podéis imaginar los reproches del resto.
- ¿ Dónde os habéis metido?
- Os hemos buscado por todas partes.
- Os habreís aburridos los dos solos.
- No veáis lo bien que lo hemos pasado todos.
Ante todas esas quejas y en lugar de justificarse, Alberto y Javier se disculparon a sus amigos por el despiste y reconocieron que les habría encantado haber estado con todo el grupo. A continuación, se miraron el uno al otro y se dedicaron una cómplice sonrisa.
ENRIQUE

Contigo

Es curioso lo que una peli te puede sugerir.

Sé que volveré enamorado a aquel restaurante romano. Sin tí.

Quería llorar porque la escena lo pedía. Y pensaba que no he derramado ni una lágrima por ninguna de las cinco últimas rupturas.
Quiza las suelte todas cuando por fin tenga lo que anhelo.

"Nunca he dejado de quererte" decía el protagonista. Y... ¿de qué sirve tal declaración si no estamos juntos?

Volveré a París enamorado.
No será contigo.

Pero ya es lo mismo. El que importa es que el quiere quedarse contigo sin que se lo pidas.

Un abrazo. Héctor