jueves, 19 de febrero de 2009

Me voy a poner tetas

Lo tengo decidido, me voy a poner tetas. Unas grandes, turgentes, duras, con... un momento; no esas tetas en las que estás pensando, no. Unas tetas bien masculinas, fibradas, vamos... como dos chuletones de Ávila. Está claro que hoy en día no eres nadie sin un buen par de tetas. Y si no, vete a cualquier gimnasio. Hoy me he fijado detenidamente. De todos los tíos que había en la sala sólo unos cuantos éramos planos. Uno era un chaval de quince años, lógico; otro yo; y los otros, los seis monitores... de televisión. No me queda más remedio, sin tetas eres invisible.
La operación es cara y ya son demasiados gastos, así que lo tengo todo pensado. Venderé mis cientos de libros, todos mis cedés de música clásica y mi colección de ópera. Total, para qué los quiero. Con mis nuevas tetas voy a conseguir lo que no he conseguido en años con la cultura. He perdido décadas en estudiar, en leer a los clásicos, en llorar con extensas sinfonías, en ver óperas en las que siempre acababan por suicidarse... por gordas. No, no, no; eso se ha acabado. Siendo culto no se folla. Yo, que siempre había creído que se buscaba la belleza interior, que el arte me ofrecería caminos... ¡ja! Quiero tetas como campos de fútbol, que el que me abrace sufra para juntar sus manos tras mi espalda. Y me pondré camisetas ultra ceñidas y si hace falta las meteré en la secadora para que encojan aún más... tetas, tetas, tetas.
Ya me veo en los bares de moda, entrando triunfalmente por la puerta; todas las miradas se pegarán a mis pectorales y yo sonreiré satisfecho.
Porque esa es otra. Tú puedes ser feo de conjones, un adefesio, recién levantao de un accidente frontal, da igual, si tienes tetas eres lo más.
A partir de ahora nada de cultismos en las conversaciones, nada de palabras que sólo usa la gente leída; decir “idiosincrasia”... ¡caca!; decir “supeditar”... ¡caca! ¡caca!
Hay que dejarse de mariconadas.
Así que, si eres de los que no ligas porque tarareas a Bach mientras cocinas soufflé, hazme caso... ¡ponte tetas!

Roberto

MI NOVIO "MANCHA".

He tenido que comprar una secadora porque mis vecinas se lo olían. Menudas son!
Ellas siempre lavan más blanco y creo que comenzaban a sospechar.

Guardo un secreo que me está ahogando y tengo que soltarlo: mi novio "mancha". Vamos, que cada vez que hacemos el amor se me caga encima, literalmente.

Yo le quiero pero no puedo más.

Me gustaría ser un teletubbie y tener una tele en la barriga, un bolso morado y que mi mundo fuera de colores.
Quisiera ser feliz y ser "dependienta" de Zara. No tener ni la ESO, tener veintipocos, ir siempre mono, con los pantalones de talle bajo y enseñar la mitad del culo...dispuesto siempre a encontrar la talla M que busca el cliente (aunque necesite una XXL).

Pero no...mi novio "mancha". Me dejo el sueldo en Activia de Danone para regular su tránsito intestinal. Pero nada...probaré con Vive Soy de Pascual.
Nada más verlo creí estar ante el hombre de mi vida...hoy hacemos el amor sobre el hule plastificado de la mesa de comedor (que es más fácil de limpiar).
No gano pa sábanas.

Le quiero pero ésto no es lo que esperaba.
Mi novio "mancha" y con mascarilla no puedo besar.
Le amo, pero nuestra relación se va literalmente "a la mierda".

Un abrazo. Héctor

Una mirada

Inútil resultaría describir el incendio provocado por una mirada; una simple mirada.
Inútil sería explicar con palabras lo que sólo se siente desde lo más profundo de un lugar donde no existe la razón. Si lo describiese me equivocaría, erraría cada una de mis palabras porque resultarían simples y vacías. Hay miradas que rompen lo cotidiano, que desamueblan de un manotazo tu existencia, que arañan tus entrañas y te dejan desnudo ante los ojos de un completo extraño.
Infructuoso resultaría evocar con acierto ni uno sólo de los síntomas que se apoderan de tu lucidez, reduciéndolos a migajas indefensas ante los ojos que te observan desde la orilla desconocida de tu mundo.
Aquella mirada, nunca buscada y siempre deseada, te roba el sentido sin pedir permiso, te deja desnudo, indefenso, febril de deseo. Un deseo que se convierte en enfermedad pura, netamente irrespirable, voraz y perturbadora.
Su sólo recuerdo te hace perder la línea de los contornos de los objetos cotidianos, la luz del día se vuelve difusa y gris; tu realidad pierde su futuro, para necesitar de lo inmediato.
Evoco esos ojos que me queman por dentro y me siento al borde del precipicio, a un milímetro del abismo. Se produce la inevitable lucha de la razón y la pasión. Si continúo guardando esa mirada no me quedará espacio para nada más, y tendré que vaciar mi vida para dar cabida a tanto deseo.
Esta es la línea que me separa de la locura, tan dulce a veces, tan seductora.
Una vez más recuerdo aquella mirada desde el fondo del pasillo. Una vez más me dejo embriagar por el recuerdo de tiempos pasados, de días felices.
Decido no caer de nuevo en el precipicio inestable de la nada. Me marcho de la escena, ahogando las intenciones, acallando los gritos, rompiendo los recuerdos.
Inútil resultaría describir la tristeza que siento.
Roberto