domingo, 22 de febrero de 2009

Acoso de lo inexplicable en el urinario del mundo

Era una galería de arte moderno. Yo deambulaba por los pasillos buscando, más que obras de arte, un tío que calmase los ardores acumulados durante semanas. En toda inauguración que se precie, siempre hay un grupo nutrido de gays intelectualoides, modernos y deseosos de intercambiar alguna impresión de lo que cuelga, al menos de las paredes. Iba a estar tres días en aquella ciudad y no quería irme con las manos vacías. El edificio era un una combinación de espacios amplios y de recovecos estrechos muy proclives al encuentro casual. Eché el ojo a varios hombres altos, guapos y masculinos, por lo tanto, inaccesibles. Así que bajé el listón y busqué entre los camareros que servían las bebidas. Tampoco, eran todos de la acera de enfrente... de enfrente de la mía.
Así que me dediqué a mirar un cuadro que tenía justo enfrente de mi. Me gustaba; no sabía lo que era, pero me gustaba. Sobre una mancha gris, dos círculos más oscuros y debajo una línea curva que me recordó una cara sonriendo. El título decía “Acoso de lo inexplicable en el urinario del mundo”. Debí poner cara rara porque alguien se acercó y me preguntó si me encontraba bien. El susodicho estaba buenísimo... o no, pero me daba igual, me hacía caso. Se alejó y lo perdí. Intenté seguirlo y de repente volvía hacia mi de nuevo. Yo me puse nervioso y disimulé mirando otra obra de arte gris metálica y con círculos que se parecía mucho a la otra (aunque ésta llevaba números pintados). Pasó muy cerca de mi, casi rozándome, y me dijo al oído: voy al aseo, ¿me sigues?... por cierto, ¿tanto te gustan los botones del ascensor?. Fui al aseo, muerto de vergüenza, pero el deseo era mayor que el ridículo que sentía. Estaba excitadísimo y cuando entré me esperaba apoyado en los lavabos. Justo cuando iba a lanzarme sobre él me ofreció popper, coca, anfetas (creo que las llamó “pirulas”), rojas, verdes y amarillas, crack, pegamento imedio, más coca, y un condón de fresa para que le follase el culo. Otra vez puse cara tonta. Me vi reflejado en el espejo que había sobre los lavabos, sonreía estúpidamente, los ojos redondos como platos, la sonrisa rígida. Me acordé del cuadro que acababa de ver (el primero, no el panel de botones del ascensor) y entendí que aquello mismo debió pasarle al artista: “Acoso de lo inexplicable en el urinario del mundo”.

Roberto