jueves, 13 de mayo de 2010

La última vez

Octavio buscaba razones. Sabía que no las iba a encontrar, así que pronto se cansó de deambular por oscuros razonamientos que a ningún sitio conducían. Se sentó en un banco de aquél jardín solitario. Su mirada buscaba huir de ese ronroneo del recuerdo que tanto le amargaba. Intentó olvidarlo todo, la última llamada, el último café, las últimas palabras que volaron sobre la mesa de aquel restaurante, para quedarse pegadas a sus oídos, el último beso, tan distinto al primero. Él se había ido. Con el tiempo todo caería en ese oscuro punto inservible del recuerdo. Pero, mientras, Octavio no sabía qué hacer con ese dolor que se había hecho un hueco entre sus hombros. Verle salir de aquél café y alejarse le colocó al mismo pie del abismo; pero Octavio se quedó un rato más, mirando el hueco de su ausencia, garabateando sobre la mesa disculpas tardías e inservibles. Intentó razonar lo que carecía de razón y se encontró en la más absoluta soledad. Resultó baldío hacer acopio de los buenos recuerdos, de los momentos intensos. Todo fue inútil. Él se había marchado, para siempre.

Se levantó despacio, con la mirada perdida en el horizonte. Caminó lentamente por el jardín y fue observando los rostros de los extraños que caminaban indiferentes a su tristeza. Las hojas comenzaban a caer de los árboles y, mientras observaba la fragilidad de aquel movimiento, tuvo la certeza de que aquel instante lo acompañaría para siempre.

Roberto

3 comentarios:

  1. Excelente. Mi más sincera enhorabuena.

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  2. La Vírgen María14 de mayo de 2010, 9:02

    Voy a suicidarme, ahora vuelvo.

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  3. No es menester. Si yo no lo hice en su momento, no es necesario que tú lo hagas.
    Roberto

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