domingo, 18 de abril de 2010

Porno abuelos

No me pregunteis cómo llegó a mis manos. El sobre estaba abierto sobre los buzones. Y yo, que soy un buen vecino, lo cogí para introducirlo en el buzón correspondiente. La dirección estaba correcta...pero no especificaba el piso. Lo abrí y...¡Ostias! como dirían mis alumnas ¡Qué fuerte tia!: una revista de contactos para intercambio de parejas. Me puse hasta nervioso, ¡yo!, y la volví a introducir en el sobre corriendo, como el que esconde el cuerpo del delito en un hoyo en el jardín una vez consumado el asesinato. Pensé en volver a dejar el sobre donde estaba pero...A ver, en mi edificio somos sólo cuatro vecinos: yo vivo con mi novio en el 3º, debajo mi vecina divorciada, en el 1º una camionera soltera y en el entresuelo...un matrimonio de ancianos que "brincan" ya los 70 los dos. Mi primera pregunta fue "¿Quién puede haber comprado esta revista?". No es precisamente la SuperPop..o el último catálogo de Avon (para empezar porque ya se sabe, Avon llama a tu puerta...y si es el cartero, dos veces). Yo, que soy doctor en Filosofía, utilicé mis recursos y deduje: para un intercambio de parejas...hace falta ser pareja. Y claro....en este edificio, parejas sólo hay dos... ¡Ostias, qué fuerte! ¡lo que follan los abuelos!. Porque mi novio y yo, quede claro, NO hacemos esas cosas (por ahora).
Clarooo, así que veo muy a menudo un trasiego de abuelitos entrando y saliendo del edificio....Y yo pensando que venían a tomar manzanilla y compartir un "chute" de sintrón mientras veían en "pandi"el Pasapalabra (que así ejercitan la memoria y retrasan el Alzeimer), o lo bien que les va el nuevo pegamento para la dentadura postiza (y por fin pueden comer torta de chicharrones sin sufrir estragos dentales) o que ya sólo se cambian el indaset dos veces al día. Y los muy picarones vienen... ¡a follar!. Mira, al menos no hay problemas de embarazos no deseados.
Pero, pensé "No puedo dejar esta revista aquí". Cualquiera que la vea pensará que es mía y de mi novio. ¿A quién se le va a ocurrir que es de los abuelos cebolleta?. Ella se pasa el día limpiando y haciendo la comida, mientras él se pone su traje y sale a darse un paseo (imagino que pa no escucharla..como cualquier matrimonio que lleve 60 años juntos). Son superamables, y mi abuelita...cuando yo estaba soltero, me subía tapper de lentejas y migas los dias de lluvia. Justo lo que yo necesitaba para mi dieta (por cierto, nunca le devolvía los tapper...quiza por eso dejó de subírmelos...ahora que lo pienso).
La subí a mi casa para destruirla en cuanto pudiera...pero, se me olvidó hacerlo y...la cogió mi novio. ¿Cómo le explico yo ahora que es de ese par de abuelitos encantadores? ¿cómo explicarle que son unos folladores compulsivos? ¡Madre mía!....en qué momento se me ocurrió abrir ese sobre...
Sólo me consuela saber que, además de pedirles un limón, puedo pedirles popper.

Héctor

FETICHE

El otro día fui a comer al pueblo, a casa de mis padres. Mientras mi madre preparaba la comida, yo me entretenía con una revista en el salón.
-Nene, escúchame un momento que me tienes que hacer un favor- dijo mi padre que aparecía con una bolsa bastante abultada en la mano.
-Resulta que ayer -continuó- vino a pitar un partido al club un árbitro de la Federación de Fútbol, y después, al ducharse, se conoce que el muchacho se despistó y se dejó la ropa y la toalla.
En ese momento me señaló la bolsa y quizá ante mi cara de curiosidad me siguió dando información.
-Lleva la toalla, las calcetas, los calzoncillos, el pantalón y la camiseta.
El plan me gustaba. Internamente me sentía agitado y me costaba disimular la sonrisa que mis labios querían esbozar.
-No te preocupes, ya me la llevo yo, quedamos y se la doy -repliqué rápidamente.
Ya de por sí me gustan los favores que me suele pedir mi padre. Casi todos relacionados con el fútbol, como ir a polideportivos a darle algo a tal o cual entrenador o futbolista, a entrenamientos, a la Federación de Fútbol, donde siempre se topa uno con cosas atractivas...
-Le he dado al muchacho tu teléfono y aquí te he apuntado el suyo -me dijo dándome una nota-. -Vive cerca de donde tú vives y trabaja de policía.

Durante la comida sonó mi móvil. Era el árbitro-policía. Quedé con él a las siete cerca de donde vivo.

En cuanto llegué a mi casa , no me pude sustraer a abrir la bolsa e inspeccionar su prometedor y embriagante contenido: una toalla húmeda, unos calcetos blancos, un pantalón negro con suspensorio también negro, una camiseta roja y unos slips blancos. Todo húmedo, la toalla lo que más, todo olía a primera puesta y a perfume. Demasiado perfume para mi gusto.

-Policía y árbitro -pensaba. -¡Qué morbo! ¿Cómo será? A las siete estaba esperándome donde acordamos. Me lo encontré apoyado en su moto, el casco sobre la misma, sus manos en los bolsillos de los pantalones, vaqueros claros y desgastados, una cazadora motera de piel y vivos colores, pelo corto, castaño, corte moderno y juvenil, patillas cuidadas y finas, ojos claros, labios rosáceos.
-¡Ey! ¡Hola! -Me sonrió y me estrechó la mano.
-Aquí tienes tus cosas. La verdad es que ha sido una suerte que fuera hoy yo al pueblo. -Dije yo, intentando mostrar la misma actitud masculina que por Naturaleza él ostentaba. Cogió la bolsa, la abrió y le echó un vistazo rápido.
-Muchas gracias. -Dijo
-Son cosas que pasan. -Respondí yo-. A veces estás en el vestuarío, te despistas, se ponen a hablarte... y te dejas las cosas.
-Claro, tío. -Confirmó rápidamente él-. A veces voy pensando en otra cosa y no estoy en lo que estoy haciendo. Y menos mal que me has traído tú el equipo, porque esta noche tengo que pitar otro partido y no hubiera sabido qué hacer.
-De nada, hombre. No me ha costado nada. -Añadí sinceramente.
-Vente y te invito a un café. -Me espetó. Dudé un momento. Vacilé y repondí.
-Sí, claro. Iba al gimnasio ahora, pero tengo tiempo, me vendrá bien un poco de cafeína antes de entrenar.

Fuimos al café que había enfrente. Nos pusimos en la barra. Se sentó ante mí en un taburete, dejó el casco de la moto sobre la barra y se quitó la cazadora. Dejó ver una camiseta blanca de manga corta, brazos velludos, y un cuerpo cuyos músculos no necesitaban de ropa ajusada para ser patentes. Con frecuencia se llevaba la mano a la abultada y desgastada entrepierna, donde la dejaba descansar jugando seguro con su volumen.
-Se nota que te cuidas. ¿Juegas tú también al fútbol? -Me preguntó.
-Yo no, no he salido futbolista como mi padre. -Respondí contento de su muestra de interés-. -Pero me gusta el deporte. Voy al gimnasio. Me gusta salir a correr...
-Yo también salgo a correr. -Me interrumpió-. Tengo que salir a correr porque si no, enseguida cojo peso y tengo que estar ágil para pitar...

Al poco tiempo nos despedimos con otro apretón de manos y una recíproca sonrisa. Él cogió su moto y yo me encaminé hacia el gimnasio.

A los quince minutos suena mi móvil. Era él.
-¡Oye, tío! He mirado la bolsa de la ropa y pensaba que me había dejado también los gayumbos. No sé, igual me los traje.
-No sé, tío. -Respondí-. No sé. Mi padre no me ha dicho nada.
-Bueno, no pasa nada. Es lo mismo. -Contestó-. Tengo de sobra. ¡Oye!
-¡Dime! -Dije.
-A ver si quedamos un día y vamos a correr juntos.
-¡Genial! ¡Muy bien! -Respondí-. -Estamos en contacto.
-Estamos en contacto. -Respondió.

FRANSO