domingo, 2 de mayo de 2010

Mentiras

Últimamente me he hecho mucho esta pregunta, ¿por qué miente la gente? He intentado buscar una razón, una causa que justifique tal actitud, pero me es imposible encontrar una respuesta satisfactoria. Voy a poner un ejemplo. Hace ya bastantes meses, hice una escapada con mis amigos a Madrid, por aquello de buscar variedad y romper nuestra rutina murciana. El viernes por la noche tocaba ruta por los bares de Chueca y acabamos en uno de ellos, lleno a rebosar, situación que nos obligaba estar hombro con hombro, entre otras cosas. Yo, como de costumbre, me aposté sobre la barra y me dediqué a observar el trasiego y el comportamiento previsible de los allí presentes. Pasó rozándome un tío maduro que me miró fijamente, me sonrió y desapareció entre la multitud. Al cabo de unos minutos regresaba con una cerveza en la mano, y su sonrisa. Me volvió a mirar y me dijo que yo era muy guapo. Sinceramente, a estas alturas de la vida, no me creo nada, pero sonreí y le devolví el cumplido, pues él también era bastante atractivo. Comenzamos una conversación interesante, a la vez que nos enredamos en un juego de seducción sutil, y algo pueril, para ser sinceros. Comencé a sentirme a gusto, incluso atraído por aquel hombre, y acepté ir a su casa. De camino, me dijo que le parecía increíble que yo estuviera allí, en ese momento con él. Cosas que se dicen a altas horas de la madrugada. Por supuesto, lo siguiente fue el sexo, nada del otro mundo, pero satisfactorio. A la mañana siguiente, me acompañó hasta el centro, pues había quedado con mis amigos en la entrada del Museo de El Prado. Durante el camino, me fue descubriendo detalles de algunos edificios singulares en los que nunca antes había reparado. Le presenté a mis amigos; más tarde me diría que eran encantadores, justo antes de despedirnos. Le dije si quería que nos viésemos esa noche, para cenar, pero me dijo que estaba agotado, que lo llamase y ya me diría. En fin, ya sabemos que esto no tenía buena pinta y, efectivamente, cuando lo llamé por la tarde me dijo que al final no salía, que se quedaba en casa descansando. Sinceramente, si yo conozco a una persona interesante y guapa y me alegro de la suerte que tengo de tenerla a mi lado, con lo difícil que es hoy en día encontrar gente así, por muy cansado que esté, salgo y ceno con ella… y lo que haga falta. Pero eso es lo que yo haría… Esa noche no salí, yo también estaba cansado. Al día siguiente mis amigos me dijeron que lo habían visto a altas horas de la madrugada, en otro bar (para que no hubiera posibilidad de cruzarnos y descubrir su mentira). Y es aquí donde llega la gran pregunta, ¿por qué miente la gente? ¿Qué necesidad hay? ¿A qué tenía miedo este individuo? Es muy posible que no le gustase la experiencia, que yo no fuese lo que al principio pensaba, pero ¿eso le impedía ser sincero? Vamos, hay que madurar, que llevamos mucho camino recorrido para saber aceptar un no. No hacen falta excusas, ni mentiras, ni tonterías inmaduras, la verdad siempre por delante, duele menos que las mentiras y, sobre todo, diciendo la verdad no quedas en ridículo.


Roberto