jueves, 6 de mayo de 2010

Mi amigo Santiago

Mi amigo Santiago me encanta. Es la hostia. Mi ídolo. El otro fin de semana nos fuimos los dos a Madrid. De fiesta. Madrid me encanta. Esa cantidad de tíos buenos que te comen con los ojos por la calle, -téngase en cuenta esto último como una experiencia personal-, esa infinita multitud de restaurantes donde disfrutar, esas tiendas de zaspas, esos vermús, esas cervezas, esas terrazas... Madrid no tiene fin. Pues allí, a ese paraíso gay, nos dirigíamos mi buen amigo Santiago y yo. Llegamos aproximadamente a la hora de la cena. Fuimos a la pensión que teníamos reservada. Nos duchamos, y nos tiramos a la calle dispuestos a dejarnos embriagar por el nocturno trasiego de un viernes en Chueca. Antes de ir a cenar, fuimos a tomar unos vermús a una conocida, tradicional y antigua vermutería: Cuando salgo de fiesta, me gusta hacerlo de un modo protocolario, cerveza o vermú antes de la cena, luego una tranquila cena, -si es posible en un restaurante de mantel-, un café, un licor... y de fiesta.
Hecho lo cual, nos encaminamos hacia un conocido local, donde yo había quedado con un amigo mío de Alicante, que a la sazón estaba por trabajo también ese fin de semana en Madrid. Por su parte, Santiago había quedado más tarde en otro bar con un ligue que había conocido en una página de contactos, así que, mientras se hacía la hora, fuimos al bar donde yo había quedado con mi amigo. Raúl llegó puntual. Hice las presentaciones oportunas y me dirigí a la barra. Cuando entro en un bar, noto que la barra me atrae, como si tuviera una fuerza sobrenatural que me arrastrase. Ciertamente para mí un estado ideal es estar apoyado en una barra, tomándome una buena cerveza y fumando un buen cigarro. Mientras pedía la cerveza, me entretuve un rato hablando con unos chicos andaluces que tenían ganas de fiesta. Cuando regresé adonde había dejado solos a Santiago y a Raúl, los encontré morreándose. ¡Qué fuerte! Este Santiago no pierde ripio. Se lo comía con su boca, parecía que de un momento a otro iba a tragarse la cabeza del alicantino.
Pero lo fuerte no era esto, sino que en quince minutos Santiago había quedado con el ligue del perfil en otro bar. Me preguntaba cómo se las iba a arreglar. Así pues, a los pocos minutos paran de comerse el morro, Raúl vuelve a respirar y Santiago se me acerca:
-¡Oye! Que voy a conocer al otro tío. Le he dicho a Raúl que tengo que ir a sacar dinero, que vengo enseguida.
El bar donde había quedado, estaba cerca, con todo, tardó en volver una media hora. Raúl ya se estaba impacientando. Entró por fin al bar solo, sonriente, con cara de, -como él mismo dice-, 'ensanchá', y se tiró, mientras cómplice me echaba una mirada, a morrear a Raúl, que ya ansioso suspiró con satisfacción.
Yo sonreía, bebía, fumaba. Aprovechando que Raúl se había ido al aseo, me dirigí a Santiago:
-Chacho, ¿y el otro qué? ¿Qué has hecho con él?
-Me lo he follao en los aseos del otro bar -respondía Santiago-. ¡Le he metío una porculá..!
Yo me reí sonora y exageradamente. Huelga decir que esa noche durmió con Raúl, quien al día siguiente tenía ciertas molestias al sentarse...
Es la hostia mi amigo Santiago. Mi ídolo. Quiero ser como él.

Franso