sábado, 15 de mayo de 2010

¡Estoy superfeliz! ¡Estoy superfeliz! (Walt Disney y sus crímenes contra la Humanidad).

En los últimos meses ha pasado en un par de ocasiones. Alguien me dice que fulanito y menganito se han separado. Y ante esa información, respondes con incredulidad: “¿De verdad? Pero si la semana pasada los ví superbien (entiéndase, superfelices). No me lo esperaba, me dejas muerto”. En una ruptura importa poco el motivo y quién deja a quien (porque siempre uno deja y el otro es dejado). Es una experiencia traumática para ambos. No, no es plato de buen gusto nunca.
Hay rupturas anunciadas y otras que de verdad te sorprenden por inesperadas. Y me quiero centrar en estas últimas. Sorprende ver a una pareja tener un comportamiento normal (mira que esta palabra cada me gusta menos y sobre ella escribiré mi próximo texto), es decir, los ves “bien”: atentos el uno con el otro, con sus detalles de complicidad (sus besitos, cogerse la mano, abrazarse, estar el uno junto al otro). Y sobre todo los ves “bien” porque ellos mismos así lo afirman (más allá de tu impresión). Aseguran que todo es fantástico en su relación, que se quieren mucho y están “superfelices” (sin excesos tampoco, porque yo desconfío demasiado de la gente que hace alarde “público” de lo bien que están. Y centro el tema.
Un día los ves y te dicen que están “superfelices” y a la semana siguiente te enteras que se han separado. La culpa de todo este misterio la tiene Walt Disney. Estoy convencido de que algún día estará a la altura de Hitler por el daño que ha hecho a la Humanidad. Me explico.
Leí hace un par de semanas una noticia que me pareció muy interesante: recomendaban no leer ya más a los niños los cuentos clásicos de Disney (La Cenicienta, Blancanieves, Pocahontas) porque reproducen un modelo sexista y desigual en las relaciones entre los personajes: el príncipe fuerte siempre llega en auxilio de la bella princesita desvalida que no es nada sin el beso de éste. Blancanieves trabaja como una esclava para siete tíos que son los que tren el pan a casa. Una vez salvada, se enamoran de inmediato nada más verse y son “felices para siempre”. Y ahí, en esa maldita frase está el mayor crimen que se puede cometer. ¿Cómo que felices para siempre? ¿Tú conoces a alguien que sea feliz siempre? ¿O una pareja que no tenga sus roces, discusiones o crisis?. Y este es el problema: que tenemos que ser superhombres o supermujeres y no mostrarnos jamás débiles, ni desbordados, ni flaquear, ni dudar, ni tener crisis. Cuando conocemos a alguien debemos enamorarnos inmediatamente de él (el flechazo) y ya “ser el uno para el otro”, o frasecitas como “es el hombre de mi vida”.
No nos permitimos dudar, ni admitir que hay cosas que no nos gustan, que una relación no es perfecta nunca, que el otro no tiene por qué cubrir necesariamente todas carencias….y sobre todo no nos permitimos todo eso PÚBLICAMENTE, SOCIALMENTE.
Entiendo, y yo soy el primero, que no vamos a ir por ahí contándole a todo el mundo nuestras dudas, crisis y problemas. Bastante tiene cada uno con las suyas.
Yo defenderé hasta la muerte esta frase que me encanta: “El amor mueve las estrellas”. Creo en ella firmemente. Cuando hay amor y ganas todo se supera. Pero eso no implica que una relación deba ser “eternamente” perfecta. A la vista de las separaciones y divorcios en masa está que no lo es.
Pero igual que individualmente debemos, conforme maduramos, quitarnos el peso individual de pretender ser “superhombres triunfadores” (cuerpazos, cultos, con éxito profesional, y encima los gays con mucho dinero para gastar y consumir en el circuito gay que nos han preparado para tales menesteres), también debemos superar el epso social de que nuestra relación de pareja es siempre perfecta y somos siempre “supefelices”. Admitir las debilidades individuales y de la pareja, hablarlas, dialogar y tener ganas de superarlas es quizá una de las claves para durar (aunque la verdadera clave siempre es querer durar).

Héctor